Esta noche soñé contigo. Soñé contigo porque hace poco te vi. Te vi, pero no estabas solo. Te vi, y descubrí que me dolía. Te vi, y me di cuenta de todo lo que convertí en nada, en cuestión de segundos, en una sola llamada. Me di cuenta de que el mundo no importaba tanto, no importaba el lugar, y creo que ni siquiera la gente importaba demasiado cuando estaba a tu lado. Me hiciste sentir algo especial que nunca antes, ni aún después, había sentido. No sabría describir el sentimiento. Pero era jodidamente maravilloso. Era increíblemente maravilloso. Y aún así el miedo me pudo. La distancia me convenció: no podía estar contigo. No quería. Lo temía. Todo sentimiento se vio eclipsado por un miedo que se vio alimentado por la carencia que viene acompañada de toda distancia entre dos personas. Y no pude. Sencillamente no pude.
Tiempo más tarde nos reencontramos. Pero incluso entonces sigo sin darme cuenta de lo que tengo delante. Necesité más tiempo para reaccionar a algo que empezó un día, a principios del año 2011. Algo que yo mismo comencé y que desató tu propia caída y, sin saberlo, muy lenta y sutilmente, la mía propia. Tan lenta que hasta dos años después no me di cuenta de ello. Y es irónico, porque apenas me había fijado en ti hasta que subimos a aquel avión. Aquel avión que nos llevó sobre el atlántico hacia una nueva oportunidad de futuro. Un futuro que se mostraba bastante dulce y llevadero. Ocho horas de vuelo, incluso la primera, fue suficiente para tenerte presente en mi mente. Y quizá un poco más abajo, a la altura del pecho. Pero nunca antes había sentido eso y apenas pude darme cuenta de lo que significaba. Solo vi un atisbo de todo lo que podía ser. Y todo lo que podía haber sido y no fue, como he descubierto.
Has vivido, sí, pero yo no he estado ahí. Has formado nuevos recuerdos, sí, pero yo ya no figuro en ellos. Has tenido problemas, seguro. Yo también. Y de cada minuto podría decir que me arrepiento, pero tal vez sin esos minutos, sin ese tiempo, no me habría dado cuenta de que a pesar de todo, a pesar de no haber estado contigo, a pesar de no haber sabido estar ahí ni reaccionar antes, a pesar de mi puto miedo y de mis temores, de la distancia y de nuestras pequeñas diferencias, a pesar de que hubiera ojos que nos pudieran mirar mal, a pesar de todo eso…Yo contigo era feliz. Tú me hacías feliz.

El hombre salió por la puerta de su casa. No se molestó en cerrar: no perdería nada.
El cielo estaba encapotado, las luces de la ciudad lo bañaban con una luz ligeramente anaranjada. Miles de gotas inundaban la tierra, en respuesta. Mientras el hombre avanzaba, incrédulo, mirándose a sí mismo, pensando que cómo era posible. Cómo. Todo parecía moverse a cámara lenta: el impacto de las gotas de lluvia sobre los charcos ya formados, los relámpagos ocasionales que inundaban el mundo en una cegadora luz blanca, las plantas que eran agitadas por el tormentoso viento. No podía ser. No debería estar ahí. Pero estaba y el tiempo corría, lento pero inexorable, en su contra.
Con el cabello mojado, formando gruesas agujas sobre su cabeza, que se retorcían, pegadas, contra la piel de su frente, el hombre, vestido con su gabardina marrón manchada de tierra, sacó las llaves del coche de su bolsillo y abrió el coche de manera manual. Quería sentir cada movimiento que realizaba. Había desaprovechado tanto en otros momentos…Pero cómo iba él a saber que echaría de menos aquel rutinario y nimio aspecto de su vida.
Se montó en el coche y lo puso en marcha. El estallido de la tormenta lo sobresaltó. Las ruedas del coche comenzaron a girar hacia delante. Accionados los limpiaparabrisas, el hombre giró el volante para virar en la próxima esquina. Aceleró después y un destello de malicia asomó en sus ojos verdes. Justo instantes después perdieron todo atisbo de color.
Pasados unos minutos, el hombre salió a una carretera principal, casi vacía. El mundo estaba enmudecido por la tormenta aquella noche: apenas se cruzó con otros coches, no encontró a nadie andando por las calles que había pasado anteriormente.
Mientras conducía, el hombre de cabello húmedo seguía con una única pregunta: ¿cómo?
“¿Cómo qué?”, se preguntó a sí mismo.
“Cómo: todo.”, se contestó, en un proceso que duró milésimas de segundo en su cableado neuronal.
La lluvia empañaba su visión a través del parabrisas de su coche. De repente, un rayo le plantó cara a pocos metros de su posición, lo que provocó que el hombre hiciera un brusco movimiento con el volante, volviendo rápidamente a su carril. El corazón le dio un vuelco. Se le iba el tiempo.
– No – dejó escapar, en un susurro, pero con la determinación impregnando su voz.
Aunque bien sabía que ni toda la determinación del mundo lograría cambiar lo inevitable.
Otro rayo cayó, esta vez detrás del coche. El hombre no vaciló como lo hizo anteriormente. Se mantuvo firme e incluso apretó el acelerador.
“Claro”.
Presionó el pedal a fondo. La aguja del indicador de velocidad avanzó.
Pero…
A su lado, en el asiento del copiloto, atisbó, por el rabillo del ojo, una figura negra. Completamente negra. Como aquella que vio la primera vez.
– No…– volvió a dejar escapar –. Aún no…Sé lo que dijiste, pero…
Un tercer rayo cayó al lado del coche. No hubo reacción por parte del conductor, más atento a su indeseado copiloto.
La figura no se inmutó lo más mínimo. Parecía observar al frente.
Los faros del coche se apagaron.
“Mierda. Aunque…¿esto es todo? Aún puedo arreglármelas para hacer el camino de memoria. Quizá aún tenga unos minutos. Suficiente para…Acabar con él. Con mi asesino”.
La figura del copiloto se fundió con la oscuridad regente. Pero él sabía que continuaba allí, que no se iría hasta el final. Un final que parecía terriblemente próximo.
Tan próximo como el gélido aliento de la muerte.
El confiado hombre no contaba con lo que ocurrió a continuación: el coche pasó sobre un charco de agua, perdió la dirección que llevaba y comenzó a dar vueltas sobre el mojado asfalto.
– ¡Para! ¡Deténlo! ¡NO ES JUSTO!
Por primera vez, intervino la figura:
– ¿Qué lo es? Es sencillo: era así y así será.
El coche impactó contra una barrera de protección. El tiempo parecía que volvía a ir más lento de lo que debería. Una larga pieza metálica abollaba el coche, cediendo a su presión. El trozo de barrera comenzó a separarse del resto, dejando fugaces chispas ígneas tras hacerlo. El hombre sentía su cuerpo flotar en el aire, con la certeza de que cuanto más tiempo flotase, más duro sería el golpe. La figura había desaparecido.
“Tanto tiempo desaprovechado. Un asesino que me ha matado doblemente…No. Doblemente no. He tenido dos asesinos: él y yo mismo, yo y mi desesperado intento de devolverle mi suerte, yo y el hecho de haber parado en casa a ver a mi familia una última vez. Los sentimientos. Eso es lo que al final me ha matado, mi propia vulnerabilidad. Volví de la muerte, una oportunidad, y ahora he de vender mi alma a cambio. Ya sé porqué las quiere. Ya sé porqué devuelve a la vida a gente como yo: porque nuestras almas pesan más que cualquiera. Y es ese propio peso el que nos salva y nos condena”.
Un segundo es lo que tardó en llegar a dicha conclusión. Al segundo siguiente, su coche y su cuerpo quedaron hechos trizas, entre un montón de árboles y rocas.
Un último rayo iluminó una figura postrada al borde de la carretera, en el lugar en el que el coche había sufrido el accidente, cayendo en uno de los árboles adyacentes al vehículo y originando un fuego que consumiría el cuerpo.

Yo tuve.
Yo abracé.
Yo besé.
Y perdí.
Probablemente fuera un sueño. De modo que, igualmente, perdí.
Anduvo sobre cientos de tierras, encontró millones de personas. Pero nunca vio sitio tan triste y cargado como aquel.
(Source: m0rtality)
Caminaba solo por la calle. El único ruido de fondo era el del viento surcando el espacio, chocando contra objetos, fluyendo por el interior de grietas y cambiando su rumbo.
Frente a mí se abrían caminos de posibilidades. El mundo a esas horas estaba vacío: ni un coche, ni un animal. Nada. Nadie parecía existir en ese instante. Mi única acompañante era mi sombra, dividida en varias, debido a las luces inertes e indiferentes.
Aquella noche en mi corazón abundaba la oscuridad. Algo que en su momento había sido fuego, ahora solo era ceniza; algo que había sido luz, ahora era tierra; algo que había sido un todo, ahora eran trozos. Mi propia mirada había perdido profundidad. Al fijarte en ella, te chocabas contra algo denso y negro.
Ande junto a una oxidada valla, por una estrecha acera en la que apenas cabían dos personas. Crucé un puente y miré hacia abajo, justo por donde cruzaban las vías. Ni siquiera un tren pasaba a esa hora.
Continúe mi camino o, tal vez, debería decir que mis piernas lo hicieron. Yo, sin embargo, me hallaba sumergido en mis pensamientos: turbulentos, desconcertantes, dolorosos. Si en algún momento quería llorar, no podía. No había modo alguno de conseguir filtrar ninguna de esas ideas. Y mi pecho no podía más.
De repente, mis piernas giraron a la izquierda, tomando por una corta calle, para luego volver a girar a la izquierda. Sabía a dónde estaba yendo. El errar pasó a convertirse en una peligrosa y estúpida tentativa. En aquella calle había un antiguo edificio con oficinas, la entrada a una urbanización y un maloliente y sucio contenedor de basura. Más adelante estaban las vías del tren. A cierta altura de las vías, solía haber grupos de personas que se daban a la bebida y a la vida nocturna. Había gente que necesitaba buscar una sincronía entre el entorno y su interior para realizar ciertas actividades. Y para algunos, la noche era el mejor momento para hacer aquello que rozara lo indecente…O que se metiera de lleno en ello e incluso rompiera el límite.
Una vez pasada un centro de distribución, llegué a unos aparcamientos (los aparcamientos de la estación de tren) y allí los vi. Un pequeño grupo, alejado de mi posición, parecía divertirse con lo que hacían. Sexo y alcohol, por lo que pude observar. Pero era lo más parecido al motivo por el que estaba allí. Y pensaba acercarme.
Algunos me divisaron en la lejanía y no me quitaron ojo mientras me aproximaba. Me sentía muerto, aunque sentir y muerte sean dos cosas separadas por un ancho hueco, y desde fuera supuse que verían a alguien cuyo cuerpo parecía pesarle, como si arrastrara una carga. A pesar de que mis movimientos fueran casi rígidos y mínimos.
Llegué y, antes de que dijeran nada, dije:
–¿Vosotros dais problemas?
Algunos rieron y otros se quedaron con cara de pasmados.
–¿De qué coño hablas? –contestó uno, de cabeza rapada–. Tú no estás bien de la cabeza, ¿verdad?
No tardé más de dos segundos en responder.
–A veces lo dudo. Pero sí, creo que sí estoy bien, a pesar de ello. De lo que no estoy bien es del corazón.
–¿Y a mí qué más me da? –Agitó la mano en la que tenía un vaso de plástico, lleno de un líquido cuyo olor no me pareció agradable. Podía olerlo desde donde yo estaba.
–No he dicho que te tenga que importar. Solo he preguntado que si dais problemas. A eso he venido aquí.
–¿A buscar problemas? –me preguntó una chica–. Eres estúpido, ¿no?
–Probablemente.
Mi expresión permanecía inmóvil. Apenas sentía nada.
–Vete de aquí –dijo otro. Su tono apestaba a borrachera y resaca segura.
Yo, sin embargo, hice como si nada y hablé.
–¿Merece la pena tener corazón? Cuando sientes algo bueno, puede agradarte mucho. Pero, en comparación con lo que sientes al estar triste, ¿merece la pena? La oscuridad de un corazón puede ser muy profunda…Y un corazón es demasiado sensible como para contener tal magnitud.
–¿Qué hace el gilipollas este? ¡Fuera! – dijo el borracho. Era el más indicado para ser provocado. Algo se agitó en mi interior. Tal vez el monstruo que arañaba estaba empezando a golpear.
–Yo a veces no entiendo nada.–continué–. A veces siento que mis sentimientos son ignorados. Los sentimientos que QUIERO que ciertas personas COMPRENDAN y CUIDEN. Y no lo hacen. Ninguna de esas personas.
Pinchazo. Como alguien clavando un clavo. Dolió pensar en ello.
–Este chaval es imbécil, ¿por qué no lo echáis?–dijo una de las chicas.
El que estaba bebido se acercó a mi, tambaleante, y me empujó, en un claro gesto de echarme. No me mantuve firme y me dejé caer.
Les había estado sacando parte de mis vísceras, como si aquellos fueran unos jueces imparciales, y ahora estaba recibiendo mi veredicto. Aunque no muy coherente, era como lo sentía. Estaba en sincronía con la noche.
Me levanté del suelo.
–¿Es todo lo que sabes hacer? No he venido a que me tires al suelo y te hagas el chulo delante de unas tías con esta mierda. Dame más fuerte. Sé que puedes.
Entre la provocación y el estímulo, mis palabras estaban teniendo efecto. El beodo se enardeció y me lanzó un puñetazo. Durante un segundo no sentí nada, pero al segundo siguiente, como una ola que choca contra una roca, un intenso dolor se extendió por mi mandíbula. Y un par de lágrimas brotaron de mis ojos.
–Eh, ¿qué estás haciendo? Sólo échalo, ha venido aquí a molestar…–dijo el rapado.
–¡JAME!–exclamó mi agresor, mi juez más violento, intentando decir “déjame”.
Entonces le empujé y le di un golpe en la frente con la palma abierta. Si algo me habían dicho alguna vez, era que nunca provocase a un borracho. Y no solo lo había provocado, sino que además le acababa de golpear. Aquello había roto el límite de la indecencia, alcanzando algo más serio.
El hombre se tiró sobre mí, como una bestia enloquecida, y empezó a pegarme puñetazos en la cara con una fuerza que jamás habría dicho que tenía. Rápidamente, sus compañeros le intentaron apartar de mí y mi sangrante cara. Cuando lo consiguieron, volví a levantarme. Durante la pelea, había tocado sus bolsillos y había notado algo que parecía ser el punto y final que quería buscar.
–¡Dejadlo, dejadlo que haga lo que le dé la gana! – grité.
Mi corazón bramaba y el monstruo rugía, ensordeciendo mi alma. Mi visión era borrosa y todo mi rostro emanaba calor y fluidos. Sin la creencia de haber tenido suficiente, arremetí contra el borracho y sus amigos, dándole un cabezazo en la boca, mientras que con los brazos empujaba al resto. Con sangre en los dientes, la ebria ira que se levantaba ante mí sacó un arma letal del bolsillo. Una pequeña navaja que no iba a dudar en usar. El martillo que dicta sentencia.
En aquellos instantes, no habría sabido decir quién de los dos estaba más cerca de la locura.
–¡NO! ¡¿QUÉ COÑO HACES?! ¡SUELTA ESO! –exclamaban sus amigos.
Pero a mí me daba igual. Le estaba desafiando con la mirada. “Atrévete”.
Solté la mochila, liberándome de aquella pequeña carga. Sintiéndome con la suficiente libertad de movimiento.
Como un toro preparado para embestir, el hombre corrió hacia mí, navaja en mano, e impactó contra mí, aplacándome. Pero no me dio. Tan bebido estaba, que había apuñalado al aire. Ambos caímos al suelo. Él quedó encima. Pero no tenía el arma en las manos. Giré la cabeza a ambos lados, en su busca. Pero sólo cuando percibí un horrible dolor en el pecho, me di cuenta de dónde estaba.
El cuchillo había atravesado la piel que protegía mi corazón, y de la abertura brotaba abundante sangre. Me gustaría decir que aquella sangre estaba caliente. No obstante, la noté fría.
Poco a poco, la gente se fue arremolinando a mi alrededor. El hombre que tenía encima fue apartado por un par de personas. La negrura de la noche empezó a verterse sobre la tierra, inundándolo todo. Caí en un abismo.
Hasta que desperté en mi cama. El sol me daba en los ojos y la cara me ardía. Todo había sido un sueño. O eso pensé durante unos segundos, de no ser por el extraño tacto que tenía en las manos. Me las miré. Sangre seca. Rápidamente, me palpé el torso, en busca de alguna herida.
Corrí hacia el baño, para poder mirarme al espejo y estar más seguro. Ni heridas, ni cicatrices. No noté nada…Y eso fue lo peor de todo: Que ni siquiera me latía el corazón.

Volvía a casa, como siempre, solo en el coche. Era la madrugada de un miércoles de verano cualquiera, y las carreteras estaban vacías. Nadie. Un par de coches, como mucho, más tres de policía que encontré obstruyendo la vía principal de un pueblo. Algún grupo de tres o cuatro personas en bares que aún permanecían abiertos, negando su vida a la noche.
Durante una parte del trayecto, accidentalmente, se apagaron las luces de cruce del coche. Unos segundos de incertidumbre en los que el coche podría haber estado en cualquier parte. Podría haber acabado en cualquier parte. Y conmigo dentro. Por suerte, rápidamente corregí el error, y volví a vislumbrar mi camino. Cuando me iba acercando al lugar en el que vivo, vi a un hombre con una camisa azul metida dentro de unos pantalones beige y poco pelo en la cabeza. Su presencia ahí me resultaba extraña e incomoda. Aunque parecía inofensivo, y apenas se molestó en mirarme mientras pasaba por su lado. Segundos antes había estado en medio de la carretera, y se había apartado para cederme el paso - o no verse atropellado, en su defecto-. Poco después me hallé bajándome del coche, en la silenciosa noche. Aquí las noches siempre suelen serlo; y si no lo son, es que no es una noche muy común.
Iba pensando en mis cosas, como de costumbre, distraído en cualquier pensamiento que había pillado al vuelo en mi mente, y desmenuzándolo cada vez más. Mientras comprobaba que había cerrado bien el coche, saqué las llaves de mi hogar y abrí la puerta. Me recibió una de mis perras y, justo después, me di la vuelta para cerrar la puerta. Me costó un poco. Pero cuando por fin la logré cerrar, y eché la cerradura secundaria, vi dos sombras en el umbral de la puerta. Dos sombras como palos, pertenecientes a dos piernas.Y es que a veces pasa que uno anda tan atento a las distracciones que, cuando menos se lo espera, se encuentra con un problema a las puertas de su casa. Y solo algunas de esas veces es demasiado tarde.

Desde pequeño ya me daba por observar mi alrededor. Como todo niño y niña, teóricamente. Pero solía, aún así, fijarme en detalles; ya fueran reales o infundados.
Érase pues una oscura tarde invernal, en la que me hallaba en el salón de mi casa con mi madre. Veíamos un canal que no recuerdo –supongo que alguno de dibujos animados–, en el Digital + (es necesaria esta referencia). De repente, el canal desapareció, o algo ocurrió –se perdería la señal, cambiaría de canal con el mando bajo el culo, o cualquier cosa–, la cuestión es que luego tuve que ir de canal en canal hasta encontrar aquel en el que yo estaba antes. Tendría la tierna edad de diez años. O así. El caso es que era tonto y sabía bien poco a pesar de mi precocidad. Así que, mientras iba cambiando de canal, observaba el rostro de mi madre. Y cuando la imagen parpadeo durante un instante, mostrando una imagen de un cuadro colgado (con un mar pintado en él), en una pared amarilla, creí atisbar interés en la mirada de mi madre. De modo que, aunque ya iba dos canales más allá de aquél, regresé al mismo. Lo que entendí como interés en los ojos de mi madre, pasó a convertirse en pánico al instante: la imagen que apareció mostraba a una mujer rubia, de ojos pintados de manera llamativa, y con algo en una mano y en la boca que identifiqué como una evidente y gran polla. Lo siguiente fue algo tal que: “¡¡QUITAESODAMEELMANDOCAMBIADE CANALQUÉHACESNOMIRES!!”. (Se me olvidaba mencionar que en ese momento había entrado mi tía al salón, y su reacción distaba de la de mi madre, pues le entró una risa floja). Yo no pude más que sonrojarme por lo que acababa de ocurrir. Y me hice el tonto, como si nada hubiera ocurrido. El nerviosismo y la incomodidad se dedicaron a saltar a la comba en mi estómago durante un buen rato. Eso ocurre con un aparato que tiene canales especialmente dedicados al porno.
En fin: cosas que pasan.

Ups. Lo he vuelto a hacer.
Ser persona se basa en seguir un esquema socialmente establecido.
Ser humano se basa en obviar ese esquema en ocasiones.
Pero animales es lo que somos.
Acabo de llegar a una conclusión. Ahora. Esas conclusiones tardías que deberían llegar antes y a las que probablemente no eches cuenta a la larga. Lo que hacen las borracheras emocionales…
El caso es que tras una vorágine de situaciones, uno termina por darse cuenta de lo que es ser humano. Ser humano es poco más que ser estúpido. Una definición sin rodeos y simple. Tenemos inteligencia pero pocos saben apreciarla; tenemos sentimientos pero pocos saben cuidarlos; tenemos relaciones pero pocos saben mantenerlas. Tenemos muchas cosas y queremos las que no tenemos. Suspendemos nuestra confianza sobre otros, y la estropean. Cedemos nuestro favor en pos de gente en la que creemos, y resulta que lo que creemos no es más que lo que nos gustaría pensar.
Y así, en una lista de innumerables rasgos, podemos condensar una faceta voluptuosa del ser humano. Quiero creer que no es la única; quiero creer que no es lo que yace tanto en el trasfondo como en la superficie.
